lunes, mayo 22, 2006

La disolución de Marta Gloria

por María del Carril


La primera vez le borraron digitalmente la grasa que se le juntaba en la cintura y en la panza, un poco de cadera y de piernas, la piel sobrante de las rodillas y la que ya colgaba de los brazos y la mortificaba cuando ponía sal, cuando se peinaba frente al espejo y en otras circunstancias menos precisas. Había aceptado la propuesta de Eugenia, productora de la nota, al ver la prueba de tapa en la oficina del diseñador. Era una foto en ropa interior blanca. Aunque era considerada atractiva por empresarios sexagenarios, choferes y porteros, y a pesar de todos los sacrificios a los que se sometía amargamente, no había vuelto al talle de su juventud. También habían atenuado las arrugas alrededor de los ojos y las que asediaban la boca, las que habían resultado de miles de días de vana gesticulación y que tapaba cada mañana con base y polvo blanco quizás sin saber que las hacía más profundas y más visibles.

Había celebrado esa tapa, la primera desde hacía algunos años, con Alberto, en un restaurante de la calle Uriburu y después, para su sorpresa y regocijo, en un hotel en esa misma cuadra. Mirándose en el espejo del techo que la reflejaba, todavía rubia y triunfante bajo un hombre de anchas espaldas, ebria de vino blanco y mousse de chocolate, Marta Gloria recordaba el título en letras mayúsculas: “A los cincuenta y ocho años, la diva vuelve a creer en el amor”.

La segunda vez borraron imperfecciones de sus piernas y de sus brazos, la papada, las arrugas del pecho, del cuello y de la cara, la panza que deformaba el camisón de seda negra con el que aparecía arrojada en el sillón de su living, con un brushing recién hecho, proclamando “Soy una mujer celosa y apasionada”. Alberto le había dicho después que ya no le convenía mostrar sus pies, que estaban hinchados.

La tercera vez borraron todos los excesos de su cuerpo. Le sacaron cinco centímetros de cintura, la mitad de sus caderas y de sus piernas, y la esfumaron para que pudiera aparecer en jeans y en corpiño de encaje lila. En la oscura madrugada de un sábado, desde un taxi, se vio estampada en un cartel en plena Avenida del Libertador, con el pelo recogido y una gargantilla, soplando suavemente una pluma. Había tomado varios litros de cerveza con un amigo en un bar y estaba un poco mareada. Sentía su cara como una máscara endurecida, el engrudo del rouge, del rimel y de las capas de base esparcidas sobre las capas de sudor y cansancio en un baño con luz levemente azul.

En un kiosco compró tres ejemplares, dos para ella, uno para su madre. Vio su pesado cuerpo estilizado, borroso, su cara casi indiscernible, despojada de todas sus abominaciones, y debajo las grandes palabras entre comillas que tardó en reconocer como suyas: “Ya no pienso en suicidarme”. En el ascensor leyó el copete: “Recuperada de una larga depresión tras el pedido de divorcio de su ex marido, el exitoso empresario de catering Alberto Ferrigaro, la actriz afirma que pesa once kilos menos y que ahora le apuesta a la vida”.

Antes de suprimirse por completo, hubo otras apariciones. Una, envuelta en una toalla rosa, en el borde de su bañadera; otra, en pareo, calcinada por el sol, en el jardín de su chalet de Mar del Plata. La última vez era una difusa mancha roja sobre un fondo color crema. Algo resplandecía, quizás un collar o un anillo.
*
(Publicado en el suplemento Cultura, de Perfil)
María del Carril es autora de Humus.
Su biografía y otro cuento acá.

6 Comments:

Blogger Charlotte said...

Extraordinario!
terminó por desaparecer pobrecita, dios la tenga en la GLORIA a la pobre MARTA...

11:53 p. m.  
Anonymous mariana said...

Toda similitud con la realidad con la realidad es pura coincidencia !!!! Excelente.

7:43 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

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